Clair Obscur: Expedition 33 o cómo Slavoj Žižek me arruinó el final perfecto
Aviso para navegantes: este post contiene spoilers del tamaño de un pincel de Monet mojado en lágrimas existenciales. Si no has terminado Expedition 33, juega, sufre, arrástrate emocionalmente por el suelo como si fueras Verso en un momento de crisis ontológica, y luego vuelve. Aquí te espero con trauma y café.
No todos los días un videojuego te pone frente a una elección tan jodidamente humana como esta: ¿prefieres repintar tu mundo emocional con brochazos de consuelo simbólico o prenderle fuego a todo y dejar que el dolor entre como una patada en el pecho? Expedition 33 no solo plantea ese dilema: lo convierte en el núcleo emocional y metafísico de toda la experiencia. Y eso, en tiempos donde muchos RPG se conforman con preguntarte si quieres ser bueno o un poco menos bueno pero con pinta edgy, es casi revolucionario. Aquí no hay karma, ni puntos de virtud, ni trofeo oculto. Hay solo una verdad desnuda y dos caminos igual de angustiosos para gestionarla.
Breve repaso narrativo: del trauma al lienzo
A estas alturas ya sabes que Lumière, ese mundo precioso de pinceladas vivas, torres imposibles y cielos líquidos, no es real. Es el producto psicoafectivo de una mujer, Aline, que perdió a su hijo (Verso) y que —como haría cualquier artista con alma rota y acceso a acuarelas mágicas— decidió inventar un universo alternativo donde pudiera seguir pintando su memoria, retocando su duelo, y dándole forma simbólica a lo que en el mundo real solo era vacío.
En ese mundo de pigmento y evasión emocional, tú encarnas a Maelle (la versión simbólica de Alicia, la hija de Aline), que crece dentro del Lienzo como un personaje de cuento con una carga que ni terapia de grupo en el Louvre. Pero el Lienzo empieza a agrietarse. Verso, el hermano muerto y reimaginado, empieza a cuestionar la realidad de su existencia. ¿Qué somos si todo esto no es más que una pintura? ¿Tiene sentido seguir existiendo si somos la sublimación artística de una madre que no puede dejar de llorar?
Y entonces llega la decisión final, esa que hace que el mando pese más de lo habitual:
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Puedes jugar como Maelle y repintarlo todo. Mantener el Lienzo, reconstruir Lumière, revivir a Verso. Darle al mundo una segunda oportunidad desde el consuelo. Una fantasía consciente, una mentira hermosa que permite continuar.
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O puedes jugar como Verso y destruir el Lienzo. Dejar que Alicia despierte del sueño, que el artificio se disuelva y que la realidad vuelva con toda su crudeza. Una aceptación del duelo sin mediaciones simbólicas.
Y aquí es donde entra Žižek. No como personaje oculto —aunque no descartaría un DLC en el que reparta bofetadas ontológicas—, sino como brújula para entender qué diablos estamos haciendo cuando elegimos entre dolor con fantasía o dolor sin anestesia.
¿Quién es Žižek y por qué debería importarte?
Slavoj Žižek es ese filósofo esloveno que parece un cruce entre Santa Claus, un villano de Metal Gear Solid y un profesor que no sabe usar el PowerPoint pero te cambia la vida con una frase. Marxista lacaniano, agitador cultural, estrella del pensamiento pop, y hombre que puede citar a Kung Fu Panda con más profundidad que cualquier profesor de Estética. Para Žižek, no vivimos en la realidad. Vivimos en nuestras fantasías. No en el sentido de “me imagino que soy Batman”, sino en el sentido más profundo: la fantasía es la estructura simbólica que da forma a nuestro deseo y lo sostiene. Sin fantasía, el deseo colapsa. Sin deseo, la realidad nos abrasa.
Repintar la realidad: la fantasía como salvavidas simbólico
Cuando eliges que Maelle repinte Lumière, no estás huyendo de la verdad. Estás haciendo algo más humano: reescribiendo el dolor con sentido. Žižek lo explica así: las fantasías no son solo mecanismos de evasión. Son necesarias para soportar lo insoportable. No mentimos para evitar la verdad, sino que necesitamos cierto grado de ficción para no implosionar frente a ella. El Lienzo de Lumière es una fantasía protectora. Una narrativa que convierte la pérdida en arte, el vacío en pigmento. Y elegir continuar con esa fantasía no es debilidad: es supervivencia emocional. Es lo que hacemos cada día cuando fingimos que tenemos el control, que lo que hacemos tiene sentido, que levantarse por la mañana no es un acto de fe digno de Kierkegaard.
Cuando pintamos sobre el dolor, no lo negamos: lo transformamos.
¿Y destruir el Lienzo? El salto ético al vacío
Ahora bien, si eliges a Verso y destruyes el Lienzo, lo que haces es atravesar la fantasía. Es el momento lacaniano por excelencia: desmontar la estructura simbólica, dejar caer el velo del deseo, y enfrentarte al trauma sin metáforas ni consuelo. Žižek diría que ahí empieza la verdadera ética. No en vivir dentro de una ilusión bella, sino en aceptar que esa ilusión te limita, que perpetúa una forma de estancamiento simbólico. El acto ético no es elegir el bien o el mal, sino hacer lo correcto aunque duela y no tenga sentido. Ese final no te da consuelo. No te recompensa. No te dice “bien hecho”. Simplemente te lanza fuera del cuadro y te obliga a caminar por el mundo real con las manos manchadas de pintura seca y el corazón en carne viva.
¿Y si ambos tienen razón?
Aquí es donde Žižek se pone interesante (y jodido). Porque él no te diría que hay una opción mejor que la otra. Te diría que ambas elecciones son profundamente reales, precisamente porque ya estás atrapado en la fantasía. No hay fuera del Lienzo. Lo que hay es solo cómo lo habitas.
Si eliges repintar, abrazas la fantasía como forma de resiliencia.
Si eliges destruir, abrazas el dolor como forma de libertad.
En ambos casos, te defines. Te constituyes como sujeto. Porque el sujeto, para Žižek, nace en el momento en que se enfrenta a la imposibilidad de reconciliar lo que desea con lo que hay.
Conclusión: pintar o romper el cuadro… pero elegir
Expedition 33 no te da una respuesta. Te da algo más valioso: una pregunta tan bien formulada que resuena días después de apagar la consola. ¿Qué hacemos con nuestro dolor? ¿Lo sublimamos en arte o lo enfrentamos sin disfraces? Y lo hace desde un sistema de juego que no premia ni castiga, solo expone. Te da una brocha o una cerilla, y deja que tú decidas qué hacer con el lienzo de tu vida. Como diría Žižek mientras te lanza un libro de Lacan y se ríe con su característico “heh heh heh”:
“We need the fictions of ideology to cope with the unbearable weight of reality.”
Y eso, colega, es más oscuro que cualquier Claroscuro.

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